
La noche estaba bien entrada. El barco se balanceaba violentamente, las olas golpeaban con fuerza el casco del barco y el cielo aparecía surcado por fieros relámpagos que amenazaban con una gran tormenta.
Suzanne permanecía en su camarote, observando a aquel hombre que antaño fue uno de los grandes piratas mas, ahora, parecía un viejo, y en su cuerpo marchito por la enfermedad que soportaba no quedaban vestigios del gran luchador que fue.
Ella era la primera, y la única, mujer pirata. Dura, con mal temperamento, altanera y despiadada. Pero poseía una gran belleza...algo a lo que ningún hombre se resistía.
Su atractivo era su mejor arma. Gracias a eso había conseguido atraer al mayor pirata, creándole falsos sentimientos y mostrándole amor, cuando lo único que ella quería era destruirlo.
Lo había conseguido, tenía a su lado a ese hombre, y poco a poco lo estaba matando, como había hecho con los otros.
Ya no quedaban piratas de verdad surcando los mares. Sólo ella.
Esa noche, al mirar a ese hombre, postrado en su lecho, un sentimiento de odio la invadió. Sabía que le quedaban horas de vida y pensó que quizás debía ahorrarle sufrimiento.
Salió del camarote, y caminó lentamente por la cubierta , ahora mojada, del barco. Su largo y raido vestido se ajustaba a su cuerpo, humedo a causa de la lluvia, dibujando sus voluptuosas y sensuales curvas.
Buscaba un arma, algo con lo que pudiera acabar con ese viejo, con ese asqueroso ser que se hacía llamar su marido.
Encontró una pequeña espada junto uno de los soldados ya muerto.
La cogió sin reparar en el cadáver putrefacto que poseía el arma, y se marchó con paso decidido,de regreso al camarote.
Al verla entrar, el pirata, se incorporó con dificultad de la cama. De alguna manera él sabía lo que pretendía hacer su esposa.
- Suzanne... ¿por qué vas a hacer eso? No seas una niña mala y devuélveme el arma,¿quiéres?
Su voz sonaba pastosa, y cada palabra que pronunciaba le costaba un gran esfuerzo.
Ella seguía mirándolo fijamente y con el arma en alto. Sus ojos desprendían odio y venganza.
Su marido no la había tratado mal, al igual que ningún otro hombre con los que había estado, pero siempre la mantenían en un segundo plano, no contaban nunca con ella, pensaban que una mujer tiene que estar en casa, cuidar de su marido y tener hijos. Pero ella no era así. Era más fuerte que cualquier hombre, y no se consideraba como las demás mujeres. Ella pertenecía al mundo de los piratas. Era un pirata, aunque los hombres se rieran de ella cuando lo decía.
-No pienses, viejo, que bajaré el arma. Has vivido demasiado para ser un pirata,¿no crees?Hace siglos que deberías de haber muerto. Y hoy, será el gran día.
Él intentaba llamar a su tripulación, pero su voz sólo era un susurro.
- Ni te molestes. Todos han muerto, los maté.Les había llegado su hora... Al igual qu hoy te va a llegar a ti.
Suzanne caminó lentamente hacia su esposo. Él la miraba aterrorizado, nunca la había visto así.
Cuando se encontró justo delante de él, le cogió por el cuello y lo alzó hasta estar a su altura.
Ambos se miraban. La mirada del pirata era una mezcla de temor y sorpresa, jamás pensó que su querida Suzanne tuviera semejante fuerza como para poder con él.
Continuaban mirándose en medio de ese silencio. Él se atrevió a tocarla lascivamente, ella le beso.
- Adiós, viejo amigo.
Suzanne aprovechó cuando le daba el beso para atravesarlo con la espada, y el cuerpo del pirata se derrumbó en el suelo, sin vida, pero con los ojos fijos en su amada esposa, y que ahora había sido su asesina.
Momentos después , lanzó el cadáver al mar.
Ya estaba sola. Ya no existía ningun pirata que se burlase de ella. Nadie. Sólo ella, la Reina de los Piratas.