Dos vidas. Dos almas. Un mismo camino.
Quizás no sea la tradicional historia de batallas, guerras y otras barbaridades que tanto les gusta escuchar a la gente de hoy en día. A los que esperan eso les pido, amablemente, que no prosigan la lectura de este relato, pues no es de guerra entre crueles criaturas de lo que me dispongo a narrar sino de una batalla entre el amor de dos personas, de la lucha contra un destino nefasto.
Es preciso que comience explicando el nacimiento de un niño. En una cruel noche invernal, en el punto álgido de una batalla que durante años enfrentó a los dos grandes pueblos elfos que en aquellos tiempos gobernaban la tierra, lejos de todo sonido y del propio odio engendrado por la guerra, escondida en lo más recóndito del bosque, una joven elfa, daba a luz a un pequeño niño. De piel oscura como la misma noche y con ojos llenos de luz de luna y frío invernal, era fruto de un amor prohibido: de un elfo oscuro y de la hija de un alto elfo.
Él, un simple arquero. Ella, la adorada hija del enemigo, perteneciente a la estirpe más grandiosa de elfos. Una unión imposible. Ese hijo que nació en aquella oscura noche jamás conoció el cariño de su madre, jamás volvió a estar en los brazos de aquella que nunca más volvió a sonreír cuando arrancaron de sus brazos a aquel pequeño con ojos de luna.
Nadie tenía que saber jamás de la existencia de ese niño. Methler, un orgulloso elfo, arrebató de los brazos de su hija a ese hijo bastardo y, sin mostrar un ápice de sentimiento hacia él o hacia el llanto y los gritos de su hija, lo abandonó en la espesura del bosque. Los llantos del recién nacido y de la madre se fundieron en uno solo y, arrastrada por su padre, regresó a su reino, a su vida.
Nunca más Livlhien volvió a ver a su hijo. No supo que ese pequeño fue recogido al poco tiempo por su amante y criado por los elfos oscuros y que, según fue creciendo, su padre le explicó sus verdaderos orígenes. Tampoco supo que ese niño la observaba cada día, escondido entre los altos árboles que rodeaban el gran patio de su reino, y que derramaba amargas lágrimas al ver a su madre abrazar y besar a una niña que, a simple vista, parecía tener tres o cuatro años menos que él.
Esa pequeña, a la que su madre quería tanto, era su hermana.
Si, Livlhien había tenido una hija. Al poco tiempo de que la separaran de su hijo, fue obligada por Methler a casarse con un general de otro reino para propiciar una posible alianza. Ella, no podía oponerse y, poco después, fue desposada.
De esa unión nació la pequeña Nilû. Desgraciadamente, no fue el resultado del amor, sino de una violación.
Livlhien no amaba al general y, lo último que deseaba era satisfacer los deseos de él. Tras resistirse, fue forzada y violada por su marido. Meses después nacía Nilû.
Era una niña preciosa, de piel clara y ojos de jade. Livlhien dio a luz bajo la misma luna en la que años atrás nació su hijo, Méleko.
A pesar de ser hija de un ser egoísta y cruel, Livlhien, volcó todo su amor en la pequeña. Ésta, se convirtió en la razón por la que continuar viviendo, por la que luchar. Pero, a pesar de que Nilû llenó el corazón de Livlhien de una nueva alegría y esperanza, nunca más volvió a reír. Estaba destinada a que su felicidad no fuera completa, pues la sombra de su hijo perdido siempre le persiguió.
La joven madre se resignó a no amar, a no sentir. Se acostumbró a ver por los ojos de su pequeña.
Mientras, Méleko, a quien su padre había prohibido acercarse a su madre por miedo a que, en alguna de sus incursiones fuera descubierto por los guardias que vigilaban a Livlhien y a la pequeña, y encerrado y torturado hasta morir por pertenecer a una raza considerada inferior, torturado por ser un elfo oscuro. Preso por querer ver a su hermana y a su madre, por querer vivir un sueño que no era suyo, seguía escapándose cada tarde para estar más cerca de esa madre cuyos besos nunca conoció, aún en contra de las advertencias de su padre.
Los años pasaron y las guerras aparentemente habían terminado. La antigua batalla que libraban elfos oscuros contra los altos elfos se había suavizado y, apenas quedaban las cenizas de una vieja hoguera. Eran, en cierto modo, tiempos de paz.
Meleko, a quien el paso de los años le había convertido en un ejemplar soldado, era ahora un joven fuerte, de mirada arrogante y aspecto feroz, con un cuerpo curtido por las batallas. A pesar de su tosco aspecto, heredado de los de su clan, había algo en él, en sus gestos, en su porte, que delataban que el no era hijo de un simple elfo oscuro. Otra sangre corría por sus venas. La de un alto elfo. La de su madre.
Los años también transcurrieron para Livlhien, quien seguía conservando la eterna belleza de la juventud aunque su mirada delatara el paso de los años y la soledad, y Nilû.
Ésta, era todo lo contrario a Meleko. Ella se había convertido en una hermosa joven de largos cabellos, esbelta figura y de piel tan blanca como el resplandor de la luna. Sus ojos, verdes, poseían una belleza infinita. Su mirada. Eso era lo más hermoso de ella. La suavidad que mostraba a veces. La dureza que presentaba en otras. Esos ojos.
Así era como la veía su hermano. Los años habían madurado a los dos jóvenes y el destino los había presentado en una ocasión.
Sin duda, Meleko, sabía que tarde o temprano lo descubrirían pero él seguía arriesgándose. Quería seguir viendo a su madre y a su hermana aunque ello le costara la vida. Se contentaba con verlas de lejos.
Los tiempos habían cambiado y Livlhien ya no jugaba con la pequeña, y Nilû era ahora una joven que leía bajo un sauce al atardecer.
Meleko la adoraba, sentía hacía su hermana una ternura y un cariño infinitos, pues veía en ella su propio reflejo. Ya no le atormentaba que, de cuando en cuando, su madre la besara, pues ese beso también era para él. Los años le habían enseñado eso, a no sufrir. A no envidiar el cariño que le daban a su hermana.
Fue un día. El destino decidió meterse en el camino de los dos jóvenes. Meleko, como cada tarde, fue a ver su madre y a su hermana. Subido a un árbol, el mismo desde hacia años, observó el hermoso jardín donde antaño jugaban madre e hija. Ahora, solo estaba su hermana. Sentada en el mismo banco que cada tarde con un libro entre las manos. La cabeza ligeramente inclinada. Tan hermosa... Meleko, la miraba absorto. La tarde comenzaba a decaer. Pronto, la noche. Y allí, sentada, seguía Nilû. La luna besando su cabello oscuro y lamiendo su piel. Ambos hermanos bajo la misma luna.
¿Por qué no se iba? Ya era tarde para que la joven siguiera allí y si él no se marchaba pronto, lo descubrirían.
Tan absorto estaba que no sintió la flecha que se clavó en su pierna. Profirió un grito de dolor que hizo que su hermana dejara caer el libro y huyera al interior del aposento que daba al patio.
Lo habían descubierto. Estaba perdido. ¿Y ahora qué?
Tal como le había dicho su padre años atrás, fue encerrado y torturado de la forma más violenta que hubiera visto nunca.
Fue durante uno de esos largos días en los que estuvo preso, privado de agua y de la misma luz, cuando creyó estar a las puertas de la muerte, una figura entró en la estancia donde el se encontraba. Su aroma lo inundó todo.
Con los ojos entornados, vio a una mujer. Sí. Una hermosa mujer que se acercaba a él y le tendía un cuenco con agua.
Una hermosa mujer que le devolvía la vida y que resultó ser su adorada hermana.
Apenas intercambiaron un par de palabras, una breve conversación. Nilû poseía una voz hermosa, con un fino acento, parecía muy educada...Lo era, sin lugar a dudas. Méleko apenas se atrevió a hablar, se limitó a decir su nombre. Se sentía intimidado por aquella figura, por esa mujer.
Pocos días después de ese encuentro, por orden de Livlhien, Méleko fue puesto en libertad.
El joven estaba confuso, no había explicación posible para esa situación. No entendía por qué su madre, quien no lo conocía, había dado la orden de liberarlo.
Con el cuerpo lleno de cicatrices como consecuencia de la tortura sufrida, regresó a su hogar, a su reino.
A pesar de la alegría de regresar, al llegar deseó no haber vuelto nunca.
Apenas había un puñado de soldados alrededor de una gran pira. Algo oscuro y nefasto los envolvía. Una atmósfera horrible. A un lado de la gran hoguera había cuerpos apilados.
Alejado de los soldados, observó la situación. Aquellos que quedaban, cuyos rostros reflejaban un gran cansancio e impotencia, arrojaban al fuego los cadáveres de los suyos.
El joven buscó entre los soldados el rostro de su padre. Pero le fue imposible, apenas reconoció a un par de ellos. Lo ocurrido pareció haberlos cambiado.
Finalmente, se acercó a ellos. Todos le reconocieron y se limitaron a asentir y a bajar la mirada.
Su padre había muerto.
Ya no había ninguna razón por la que seguir allí. Nada le ataba a ese pueblo.
Caminó lentamente como si cada paso correspondiera a un pensamiento, a un recuerdo. Parecía que cuando terminara aquella caminata, aquel lento paseo, una parte de su vida se terminaría. La vida que compartió con su padre, estaba a punto de terminar.
No lloró por la muerte de su padre. A pesar de que le dolía terriblemente su pérdida, no se atrevió a derramar una sola lágrima por él. Pensó que sería una falta de respeto.
Su padre era un gran arquero, un buen luchador... Probablemente murió luchando... Le habían enseñado a no manifestar ni tristeza ni dolor por un muerto en combate.
Nunca se llora por un héroe... Para su pueblo, morir en medio de una batalla, era algo por lo que estar orgulloso. Luchar hasta morir, habría dicho su padre... Qué absurdo, pensó, morir... que triste es no llorar por tus muertos.
La pausada caminata del joven duró apenas un par de horas, lo suficiente para cerrar un lamentable episodio de su vida.
Sintió que algo en él había cambiado. Los últimos días de tortura y encierro y, finalmente, la muerte de su padre, lo habían convertido en un hombre. Había crecido en cuestión de días. El dolor le hizo madurar...
El tiempo pasó lento pero inexorable. La muerte de su padre quedaba atrás, sepultada tras largos años. También quedó perdida en el tiempo la imagen del joven que no derramó una sola lágrima por él. Largos años han transcurrido, durante los cuales Méleko permaneció alejado de sus tierras, de su hogar.
Después de lo ocurrido en su pueblo, Méleko, no encontró motivo alguno para volver. Marchó a otro territorio, aliado de su reino, y se convirtió en un gran soldado al mando del mejor postor. Pronto obtuvo una gran fama entre los de su gremio. Era un bravo soldado capaz de dar su vida siempre que pagaran bien...
Durante un encargo, Méleko, fue enviado a un reino colindante al de su madre. Hacía años que no iba por esas tierras, aunque él jamás se había olvidado de ella ni de su hermana.
Al terminar el trabajo que le habían ordenado cumplir y antes de regresar para informar de lo acontecido con el encargo, decidió acercarse por ese reino que hacía años que no pisaba.
Todo seguía igual que antaño. Los grandes árboles, el banco de piedra sobre el que se sentaba Nilû... Todo era igual, menos él. Que curioso le pareció en aquel momento el paso del tiempo... Que triste que sólo las personas cambien.
Mientras observaba el gran patio, subido en el árbol que años atrás utilizó para espiar a su hermana y a su madre, cruzando el gran arco que separaba los aposentos del patio, apareció una mujer. Caminaba lentamente con la vista fija en el suelo. Llevaba un vestido largo y fino que, al caminar, daba la sensación de que volaba. Su figura parecía flotar y la suave brisa nocturna le adhería el fino vestido a su cuerpo, resaltado sus suaves curvas y, la blancura de su piel resplandecía con la luz de la luna.
Caminó hasta la parte central del gran patio y, lejos del abrigo de los sauces y del rumor de la fuente, alzó la vista al cielo.
Durante largo rato permaneció con la vista fija en el firmamento mientras Méleko la observaba fascinado por su hermosura.
Ella sabía desde el principio que estaba siendo observada y no lo ocultó. Tras apartar la mirada del cielo, alzó la voz y preguntó a aquel que la observaba por qué no se atrevía a enseñar su rostro.
Méleko, al ser descubierto y para responder a la pregunta de la joven, saltó del gran árbol al interior del patio. Se acercó lentamente hacia ella sin apartar la mirada de los ojos de la joven.
Ambos se conocían. Él, la reconoció como su hermana, ella, en cambio, reconoció en él al antiguo prisionero.
No hubo palabras ni comentario alguno. Sólo las miradas hablaron aquella noche y las noches que siguieron a aquel encuentro.
Él, llevaba años enamorado de la joven. Ella, en cambio, entendió que se había enamorado de él cuando lo liberó años atrás.
¡Qué extraña relación! Dos hermanos enamorados sin darse cuenta... ¿Qué dios malvado sería el culpable de aquella situación?
Méleko sabía de antemano que aquella relación no tenía futuro puesto que eran hermanos y pertenecían a pueblos enemigos, pero era incapaz de decírselo a Nilû.
Él regresó a su pueblo, a sus raíces, con el fin de estar más cerca de ella y poder verla.
Cada noche se encontraban en el silencio del bosque, apenas había palabras y se besaban. Sólo había en aquellos encuentros besos y miradas. Lo demás sobraba, ¿para qué se necesitan las palabras si un beso y una mirada lo expresa todo? Ellos se contentaban con eso, eran felices.
El tiempo pasaba. Habían transcurrido muchos meses desde el primer encuentro.
Nilû ya no ocultaba su amor y, cierta noche, llevó a su madre ante Méleko.
Él, ignoraba que su madre sabía de la aventura de ambos, y no pudo menos que sorprenderse ante la noticia.
Livlhien, a pesar de lo feliz que era por su querida Nilû, no pudo evitar sentir miedo y tristeza por los dos jóvenes. Ella sabía que se amaban y, por miedo a que su historia se repitiese, advirtió a los dos jóvenes del peligro al que estaban expuestos. Si Methler llegaba a enterarse de que su querida nieta había sido seducida por un elfo oscuro el castigo sería la muerte y el inicio de una nueva guerra.
Méleko, siguiendo los consejos que su madre les dio aquella noche, comenzó a ser más precavido, a estar más alerta en los encuentros. Nilû hizo lo mismo.
Pero una noche ocurrió lo que Méleko, durante tanto tiempo, había intentado evitar.
Era una calurosa noche de verano, él había regresado de una batalla con el fin de conquistar otras tierras. Ella, en cambio, había permanecido encerrada durante su marcha. No se habían visto durante un par de meses. Tampoco habían sabido nada el uno del otro. Methler sospechaba y Livlhien apenas podía convencer a su padre de que no desconfiara. Las cosas no parecían marchar bien... Pero ellos se querían. Sólo importaba eso, nada más.
Y ocurrió que en aquella cálida y oscura noche estival ambos hermanos se entregaron. Despojaron sus cuerpos de ropa y desnudos ante aquella luna que los vio nacer se abrazaron. Era la primera vez para ambos. La primera y la última.
Días más tarde Méleko tuvo que marchar a una nueva campaña. Nilû volvía a quedarse sola, otra vez
Apenas pasaron unos meses cuando algo terrible sucedió. Nilû estaba embarazada.
Ella sabía que era lo peor que podía pasar, ahora ya ni Livlhien podía ayudarle.
Su madre lloró amargamente por el destino que le esperaba a su hija y al niño que esperaba.
Methler lo descubrió todo. Furioso, encerró a su nieta y ordenó que Livlhien la vigilara y cuidara de ella hasta el parto. No podía permitir que aquello se supiera.
Méleko regresó cuando Nilû estaba de cinco meses. Se encontraron la misma noche de su regreso, gracias a Livlhien que llevó a su hija hacia el bosque a espaldas de Mether, pues si este se enteraba le esperaba la muerte a las dos.
Al ver a la mujer sus más terribles miedos se hicieron realidad. Cayó de rodillas ante su amada y lloró amargamente abrazado a su vientre. Lloraba por lo que les había tocado vivir, por ese niño, por su hijo. Nilû también lloraba. Maldijo al cielo por permitir aquello... Ya no había solución posible.
En los meses siguientes apenas se vieron. El aposento de Nilû estaba constantemente lleno de guardias y a Livlhien le resultaba imposible sacar a su hija, la cual lloraba dolorosamente por su situación y por la vida que llevaba dentro.
Apenas quedaba un mes para el alumbramiento cuando Methler descubrió el origen del padre de la criatura. Al parecer había escuchado una conversación entre madre e hija en la que se hablaba de aquello, de que el padre era un elfo oscuro. Instantes después ordenó a la sus soldados más preparados que marcharan cuanto antes y arrasarán los pueblos de aquella raza. De nuevo, se inició la guerra.
Sólo se volvieron a ver una vez más Nilû y Méleko. Nada más cruzaron las miradas supieron que aquella iba a ser la última vez que se vieran. Era una despedida, él tenía que huir para salvar su vida.
Le rogó a su amada que se fuera con él, mas sabía que aquello era imposible. No llegarían muy lejos en aquel estado.
Tras aquella amarga despedida, Méleko, se internó en el bosque. La joven permaneció allí escuchando los gritos de la guerra. Miró a la luna, aquella noche parecía teñida de sangre. Se fue, pensó. Ya no hay marcha atrás.
Escuchó la llamada de su madre. Tenía que volver, no podía ser descubierta.
Pero no podía moverse, estaba paralizada. Sentía su pulso acelerado y los latidos de su corazón golpeaban ahora en su sien. Sudores fríos le empapaban el rostro y el cuerpo adhiriendo sus ropas a su piel. No sabía que pasaba... No podía moverse.
A lo lejos, el sonido de la guerra se mezclaba con su pulso. Advirtió un dolor agudo en el vientre. Primero breves mas, luego incrementaban y, con ellos, el dolor.
Apenas escuchó a su madre decir algo mientras se esforzaba por sacarla de allí y regresar. Pero no podía moverse, no podía...
Sentía algo cálido entre las piernas, algo líquido corría por ellas. Él pulso se aceleraba más, los dolores se hacían insoportables.
Se observó y descubrió que su vestido estaba manchado de sangre. Miró a Livlhien, cuyo rostro estaba desfigurado por la desesperación y el miedo.
Al ver a su madre, comenzó a llorar y, poco después se desplomó en el suelo.
Allí, tumbada en la fría tierra aguantó los dolores que le paralizaban el cuerpo. Intentaba reprimir los gritos mas, sabía que poco iba a aguantar si aquel sufrimiento iba a más.
Respiraba con dificultad, ya no escuchaba ruido alguno. Cerró los ojos en un intento de aplacar los dolores, pero fue en vano.
Al abrir los ojos vio algo horrible. Un par de soldados tenían cogida a Livlhien, quien estaba llorando y cuyas facciones le daban a entender que estaba gritando.
Junto a su madre vio a su abuelo, Methler. Por los gestos intuyó que estaba dando órdenes al único soldado que quedaba. Momentos después, aquel joven elfo que estaba al mando de Methler, se arrodilló ante ella y comenzó a rasgarle las ropas.
No podía hacer nada, la joven había perdido el control de su cuerpo. No podía moverse.
Intentó cerrar las piernas para evitar lo que tanto temía. Tenía que impedir que su hijo naciera allí.
Pero ya era tarde. La joven gritaba. El soldado le separó las piernas violentamente. La criatura ya estaba naciendo cuando él introdujo la fría mano en el interior de la madre y la sacó violentamente entre los gritos de la joven madre, a la que habían destrozado por dentro en aquel momento.
Methler sonreía. Livlhien, poco después de ver como le arrancaban de las mismas entrañas de su hija a la criatura, cayó inconsciente en el suelo.
Tras cortar bruscamente la unión entre el bebé y la madre, Methler, haciendo caso omiso de los gritos de su nieta, la cual se esforzaba por levantarse, abandonó a aquella criatura en el bosque.
Los años han pasado. Aquel bebé que nació en aquella terrible noche, abandonado en la fría oscuridad y arrancado violentamente del vientre de su madre, es ahora quien está escribiendo en estas líneas una triste y bella historia.
Fui la causa de la extinción de un pueblo y de una raza, la culpable de que dos personas que se querían tuvieran que separarse. He sido la causa de tantas desgracias pero, aún así, el destino, los dioses o la extraña fuerza que mueve las vidas de las personas han querido que relate la historia de mis padres, mi historia.
Tras mi alumbramiento fui arrojada a la espesura del bosque por el rey de los altos elfos, Methler. Mi madre también fue abandonada a su suerte en aquel bosque.
Horas después, mi padre, quien no había decidido huir, a pesar de lo que le podía ocurrir si le encontraban, regresó al bosque para buscar a mi madre. Escuchó mi llanto y corrió a buscar a aquel bebé. Anudó el cordón que me había unido a mi madre y me tapó con sus ropas. Al principio no sabía que se trataba de su hija.
Caminó por los alrededores y, poco después, encontró el cuerpo de su querida hermana. Estaba muerta. Había muerto desangrada a causa del parto y en su cuerpo desnudo habían escrito a punta de espada lo siguiente: “Esto es lo que les sucede a aquel que vende su cuerpo al enemigo”.
Mi padre quemó el cuerpo de su hermana.
De la abuela Livlhien, al parecer, poco se supo. Algunos dicen que se volvió loca tras la muerte de su hija y se suicidó. Pero sigue siendo un misterio su final.
Methler continúa reinando. Sigue siendo un ser cruel y despreciable. Intentaron en varias ocasiones acabar con su vida, pero al parecer el mismo diablo lo protege.
Respecto a mi, mi padre me llamó Eadem y fui criada por él. No ha sido malo conmigo, pero el recuerdo de Nilû le atormenta. Dice que me parezco a ella, la misma mirada... Debe de ser cierto, pues suele evitarla.
Hace unas horas que se ha marchado y dudo que vuelva. Lleva años con algo en mente y creó que es hoy cuando lo hará realidad. Creó que ha decidido terminar con su vida.
Su pequeña Eadem ha crecido y ya no hay razón por la que continuar... Es un hombre raro.
Respetaré su decisión, y espero que allá donde vaya se encuentre con su querida Nilû y me esperen, pues yo algún día estaré con ellos.
No lloraré, pues se que él será más feliz que en este cruel mundo y sus malvadas personas.
Espero, sin más, que no olvidéis nunca esta historia. El amor es una gran batalla en la que solo dos soldados luchan contra todo un ejército, a veces sale bien y a veces no.Mis padres no dejaron de luchar, se enfrentaron contra un destino que era su peor enemigo y contra un mundo cruel que les rechazaba por ser diferentes, por saltarse las normas. Ambos lucharon hasta morir, ¿qué sería del mundo si las personas fueran como ellos?
jueves, 6 de noviembre de 2008
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